Semblanzas
Hay deportes que se juegan. Y hay deportes que, con el tiempo, se convierten en parte de una cultura. En la Argentina, el tenis es uno de ellos.
Sus orígenes se remontan a la Europa medieval. El antecedente más reconocido es el jeu de paume, un juego francés practicado desde el siglo XI o XII. Pero el tenis moderno nació en Inglaterra, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando aquel antiguo juego comenzó a transformarse en el lawn tennis: raquetas, una red, una cancha de césped y reglas que fueron tomando la forma que conocemos hoy. En 1873, el mayor británico Walter Clopton Wingfield patentó un sistema de juego y un equipamiento que contribuyó decisivamente a su expansión. Cuatro años después, en 1877, se disputó el primer Wimbledon.
La nueva disciplina cruzó rápidamente los mares. Y también llegó a la Argentina.
Las primeras referencias al lawn tennis argentino aparecen hacia 1877, cuando las reglas británicas comenzaron a difundirse entre los residentes y viajeros vinculados con Gran Bretaña. Se jugaba en Rosario, en Palermo, en Córdoba y en quintas de los alrededores de Buenos Aires. En 1886 se disputó en Palermo el primer torneo de lawn tennis organizado y abierto en la Capital, con 56 jugadores individuales y 16 parejas de dobles. En 1892 nació el Buenos Aires Lawn Tennis Club y, al año siguiente, comenzó a disputarse el torneo que se convertiría en el Campeonato del Río de la Plata, uno de los certámenes más antiguos del mundo.
Desde entonces, el tenis fue creciendo junto con los clubes argentinos. Primero como una actividad asociada a la sociabilidad y a la tradición de las instituciones deportivas; después como una disciplina competitiva; finalmente, como un deporte popular, practicado por hombres y mujeres de todas las edades.
Y la Argentina hizo lo que suele hacer con aquello que incorpora: lo transformó en algo propio.
Guillermo Vilas convirtió al tenis argentino en una potencia internacional. Gabriela Sabatini llevó el nombre del país a las canchas más importantes del mundo. José Luis Clerc, Martín Jaite, Alberto Mancini, Guillermo Coria, Gastón Gaudio, David Nalbandian, Juan Martín del Potro y – más aquí en el tiempo Francisco Cerúndolo: Tomás Martín Etcheverry y Mariano Navone, constituyen distintas generaciones de una misma historia.
Pero la historia del tenis argentino no se escribe solamente en Wimbledon, Roland Garros o el US Open. También se escribe todos los días en los clubes. En una cancha de polvo de ladrillo, en el sonido seco de una pelota contra las cuerdas, en el primer saque de un chico que empieza a jugar, en el partido entre amigos que se extiende más de lo previsto, en quien vuelve a tomar una raqueta después de muchos años.
Eso explica, en buena medida, su vigencia. Según el Informe Global de la Federación Internacional de Tenis, más de 4,5 millones de personas juegan al tenis en la Argentina. Es decir, aproximadamente una de cada diez personas del país tomó una raqueta durante el último año.
El tenis argentino tiene, además, una característica especial: combina competencia y encuentro. Exige concentración, disciplina, esfuerzo y resistencia, pero también ofrece algo esencial en la vida de un club: la posibilidad de compartir.
Porque una cancha de tenis no es solamente un rectángulo dividido por una red. Es un espacio donde se aprende a ganar y a perder, a esperar, a insistir, a respetar al adversario y a volver a empezar.
Por eso el tenis ocupa un lugar tan importante en la vida de nuestros clubes.
Cada cancha guarda una pequeña historia. Cada socio que la pisa continúa una tradición que comenzó hace más de un siglo. Y cada nueva generación que toma una raqueta mantiene viva aquella vieja aventura que llegó desde Inglaterra y que, con el paso del tiempo, también se volvió profundamente argentina.
El tenis no es solamente una actividad en nuestro club. Es parte de su historia reciente, de su presente y de ese futuro que se construye, punto por punto, generación tras generación.